Tastil, la ciudad de la Puna que sigue hablando en silencio
En lo alto de la Puna salteña, a más de 3.200 metros sobre el nivel del mar, se esconde uno de los mayores enigmas arqueológicos de Sudamérica: Santa Rosa de Tastil, el poblado preincaico más grande de la Argentina. Allí, entre calles de piedra, recintos derruidos y terrazas agrícolas, se calcula que entre los siglos XIII y XIV vivieron hasta 3.000 personas, en una organización urbana que sorprende todavía hoy.
Con más de 1.100 construcciones de piedra, la ciudad contaba con viviendas, espacios comunitarios y lugares rituales. Sus habitantes cultivaban papa, quinua y maíz, criaban llamas y tejieron una red comercial que llegaba hasta el Pacífico: caravanas de trueque transportaban obsidiana, conchas marinas y tejidos finos, prueba del dinamismo económico y cultural que alcanzó Tastil.
El misterio de su abandono sigue abierto. Hacia el siglo XV, la ciudad fue incorporada al Tawantinsuyu, pero cuando llegaron los españoles ya estaba deshabitada. Algunas hipótesis apuntan a sequías prolongadas, otras a la política incaica de los mitimaes —traslado forzoso de comunidades enteras—, mientras que también se habla de crisis internas y presión sobre los recursos naturales. Sea cual fuere la causa, lo cierto es que Tastil se apagó sin testigos, dejando huellas que aún hoy desconciertan a arqueólogos e historiadores.
El sitio fue redescubierto en 1903 por el sueco Eric Boman y, más de un siglo después, las excavaciones continúan revelando fragmentos de cerámica, petroglifos y piezas que muestran la complejidad de su cultura. Sin embargo, todavía falta una investigación integral que permita responder la gran pregunta: ¿por qué desapareció Tastil?
Hoy, entre muros silenciosos y paisajes de altura, los visitantes pueden caminar sobre los restos de aquella ciudad fantasma.
